Mi historia

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1er. año en el Taller de pintura de Rodrigo Fló (2013). Museo Torres García

Estimado/a amigo/a,

 

Te doy la bienvenida a mi mundo artístico. Aprecio tu interés en conocer mi historia. Mi nombre es Eliana Carvidón, artista uruguaya nacida y residente en Montevideo hasta hoy. Mientras recorres mi sitio web, me gustaría compartir contigo mi viaje artístico. A diferencia de algunos artistas que descubren su vocación desde temprana edad, mi camino ha sido diferente.

 

Cuando tenía seis años, tuve mi primer encuentro con el arte en un taller de cerámica. Fue en forma casual, ya que ese taller se ofrecía como actividad extra en un club deportivo al que me llevaban. Mi habilidad con el material me llevó a unirme a la clase de los niños mayores en poco tiempo. Sin embargo, esos talleres se interrumpieron poco después. A pesar de que quería asistir a talleres de arte más formales, no tuve la oportunidad en ese momento.

 

A los once años, supe que quería expresarme a través de la danza. Este deseo nació exclusivamente de mí, ya que en mi hogar no asistíamos a espectáculos de ballet. Mi madre me llevó a una audición en la Escuela Nacional de Danza, donde fui seleccionada. A los quince años, me di cuenta de que la danza clásica no era lo que me definía plenamente y decidí abandonarla. Dos años después, comencé a explorar la cerámica en el Taller Pezzino. Al año siguiente, ingresé en el Instituto Escuela Nacional de Bellas Artes (hoy Facultad de Artes) de la Universidad de la República, con la cerámica como mi principal objetivo. Paralelamente, empecé a estudiar Bibliotecología.

 

Sin embargo, después de dos años, tuve que dejar la querida Bellas Artes debido a la necesidad de conseguir un trabajo y la falta de compatibilidad de horarios. Regresé a la danza, pero esta vez a la danza contemporánea, cuyas clases nocturnas me permitieron continuar expresándome artísticamente. Fui parte del cuerpo de baile del Ballet de Cámara de Montevideo, dirigido por Hebe Rosa, hasta que una lesión me obligó a abandonar la danza. Fue en ese momento cuando volví a la cerámica, esta vez en el taller de Micaela Perera. Me enamoré por completo de la técnica japonesa del raku.

 

Sin embargo, en el lapso de un año, experimenté cambios decisivos en mi vida, sintiendo la necesidad de migrar hacia la pintura para poder expresar plenamente lo que estaba atravesando. En este contexto, Micaela me recomendó a Rodrigo Fló para continuar con mi desarrollo artístico, quien enseñaba pintura en el Museo Torres García.

 

Ingresar al Museo Torres García evoca en mí recuerdos entrañables y, en cierto sentido, lo experimento como si fuera un segundo hogar. Durante un período de tres años y medio, cada miércoles, adopté una rutina que disfrutaba paso a paso: al caer la noche, la puerta se abría y el ascensor me transportaba a un espacio impregnado del aroma de la pintura, envuelto en música. La escenografía del taller me traía reminiscencias de las bambalinas de los teatros, una conexión especial dado mi pasado como bailarina, y me inspiraba de manera indescriptible. Rodrigo Fló se destacó como un maestro excepcional en mi trayectoria artística. Su generosidad se manifestó en la constante presentación de nuevas técnicas y enfoques artísticos que enriquecieron significativamente mi horizonte creativo. Me introdujo en el fascinante mundo de la técnica mixta, un territorio repleto de infinitas posibilidades.

 

Más tarde, en 2017, complementé mi aprendizaje con una perspectiva diferente de la mano de Carlos Musso en su taller de El Cibils. Con él incursioné en la acuarela, el óleo y migré de la fibra de madera al lienzo. Durante 2020, tuve el privilegio de asistir al curso en línea de pintura digital de Rodrigo Fló. Ese curso me dio, más tarde, herramientas para realizar fotomontajes.

Desde 2013 hasta hoy, la pintura es la única disciplina artística que nunca abandoné. Llegó para quedarse, coexistiendo con otras disciplinas artísticas que manejo.

 

En resumen, es evidente que nunca pude mantenerme alejada de alguna forma de expresión artística. Siempre necesité ese cable a tierra que me mantiene centrada, conectada con mi esencia, completa y plenamente realizada. Puedo asegurar que además, durante mi trayecto, dos aspectos han perdurado de manera constante: mi inquietud por seguir aprendiendo disciplinas y técnicas nuevas para expresarme y mi enfoque constante en la naturaleza del ser humano y sus vivencias, un hilo conductor que atraviesa toda mi obra.